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Santa Luisa de Marillac

Santa Luisa de Marillac tiene mucho que decirnos: como mujer emprendedora, como organizadora, como impulsora, como pedagoga y maestra de niños y maestras.



     Santa Luisa de Marillac tiene mucho que decirnos:

 

Como mujer emprendedora: se adelanta en la promoción femenina y contagia.


Como organizadora: con frecuencia, San Vicente de Paúl descubre las necesidades, ella organiza las respuestas, planifica y realiza las ayudas.


Como impulsadora: rompe moldes. Junto con San Vicente pone al pobre en el centro de la vida, en una sociedad en la que contaban los títulos.


Como pedagoga y maestra de niños y maestras: de ella aprendemos valores y actitudes profundas y válidas, que dinamizan nuestra tarea educativa hoy.                                                                                                                                                                                                                                                                                  



Luisa de Marillac nace el 14 de agosto de 1591 en Poissy, cerca de París. Es hija de una familia noble. Su mamá murió al nacer ella. Su papá era militar y estaba a menudo ausente. Por eso la llevó a las Hermanas Dominicanas de Poissy que recibían en sus casas a niños pequeños.

Luisa parece feliz, pero en su corazón sufre por no ver nunca a sus padres. Es muy aplicada en el estudio, le gusta dibujar y pintar.

Descubre la vida de Jesús. A menudo le dice una oración que ella misma ha inventado.

Tenía 13 años cuando su padre murió. Su tío entonces la lleva a París a una casa más barata que Poissy.

Luisa llora al dejar a la Hermanas y a sus amigas de Poissy.

Enseguida Luisa se da cuenta de que la directora de la casa no tiene dinero al final del mes para pagar el pan y la carne. Con algunas compañeras, organiza un pequeño taller de encajes. El dinero de la venta se lo da a la directora, que se emociona.

Durante su estancia en la casa, en París, Luisa conoce a las monjas que viven en el barrio de Saint Honoré. Descubre su vida de oración y trabajo.

Luisa sueña con entrar en el monasterio, porque le gustaría amar a Jesús viviendo como ellas.

Pero no la admiten en este monasterio. Su salud no es buena, no podrá soportar la dura vida de estas religiosas, le dice el superior de los Capuchinos, un amigo de su tío.

Sus tíos y tías deciden casarla.

El 5 de febrero de 1613, Luisa se casa con Antoine Le Gras. Su marido trabaja en la Secretaría de la Reina. Antoine y Luisa pronto celebran el nacimiento de su hijo Michel.

Durante unos años, Luisa se siente feliz con su marido y su hijo.

Pero, en 1622, Antoine sufre una grave enfermedad, se vuelve exigente y, a veces, colérico. Luisa tiene miedo del futuro. Su angustia crece, la depresión acecha. Desearía dejar a su marido y a su hijo.

En su angustia, Luisa reza mucho.

El día de Pentecostés, durante su oración en la iglesia, comprende que no debe desesperar, porque Dios está ahí.

Ella estará muy cerca de su esposo hasta que muere en diciembre de 1625.

Cuando se queda viuda, Luisa se ve obligada a trasladarse porque su apartamento es demasiado caro.

Va a otro barrio de París, cerca de la iglesia de Saint-Nicolas-des-Champs. Michel está afectado por la muerte de su padre y por este cambio.

Algún tiempo después, Luisa de Marillac conoce a Vicente de Paúl, un sacerdote dinámico y creativo.

Ha fundado una asociación llamada “ Hermandad de la Caridad” para ayudar a los enfermos y hambrientos. Vicente de Paúl invita a Luisa a participar en esta Asociación.

La Hermandad reúne a mujeres casadas y a jóvenes. Pronto descubre los valores de esta desafortunada mujer. Confiando en ella, consigue que Luisa recupere la ilusión de vivir.

Luisa visita y acompaña a los diferentes grupos de esta asociación. Viaja mucho, es muy apreciada. Su capacidad y bondad son admirables.

Los grupos de París sufren dificultades. Los duques y condes no quieren que sus mujeres vayan a las casas de los pobres.

Cuando vuelven de allí, su ropa está arrugada y huele mal. Estos señores les piden que envíen a sus criadas en su lugar.

Pero las criadas no siempre están motivadas para este trabajo y los pobres no reciben ni amor ni ternura.

Vicente de Paúl y Luisa de Marillac reflexionan para encontrar una solución a este problema.

Vicente conoce en Suresnes, un pueblito cerca de París, a una campesina, Margarita Naseau, que acepta ir a servir a los pobres a la capital. Esta mujer no tiene miedo al trabajo.

Después de Margarita, se presentan otras jóvenes campesinas, llenas de entusiasmo.

Luisa de Marillac las recibe, les explica la labor que se realiza con los enfermos, y les recomienda atención y bondad.

Luisa de Marillac está maravillada por la dedicación de estas jóvenes campesinas. Les propone formar una comunidad para orar juntas y reflexionar sobre su trabajo con los enfermos y los pobres.

El 29 de noviembre de 1633, se reúnen algunas jóvenes. El grupo recibe el nombre de “ Comunidad de Hijas de la Caridad”.

Don Vicente las anima a servir a los pobres y mostrarles que Dios les ama.

En París muchos niños son abandonados en los pórticos de las iglesias o en una esquina de la calle. Todos mueren enseguida, porque nadie quiere ocuparse de ellos.

Vicente de Paúl y Luisa de Marillac reaccionan y proclaman: estos niños tienen derecho a vivir. Ha nacido una nueva asociación y el consejo de administración se encarga de la economía.

Compran una casa para acoger a todos estos niños. Luisa y las Hermanas son sus educadoras.

Luisa se atreve a iniciativas audaces. Busca hogares de acogida para los niños. Familias que viven en el campo acogen a algunos de estos niños y los cuidan como si fueran suyos. Hacen visitas periódicas para comprobar que los niños están bien atendidos.

Las Hijas de la Caridad son llamadas a todos los lugares para aliviar a los pobres. Las Hermanas van en grupos de dos o tres, lejos de París, a los pueblos y a los hospitales.

Luisa les escribe a menudo: las anima, las invita a amar con ternura a los que sufren y a respetarles profundamente, a conservar su entusiasmo.

En las zonas rurales no hay escuela para las niñas.

Las Hermanas se ocupan de educarlas. A veces, la clase se da en el campo donde las niñas guardan las vacas.

La guerra amenaza con frecuencia. En 1649 París está cercada, el Primer Ministro quiere matar de hambre a todos los que se han rebelado contra él.

Luisa de Marillac, con las Hermanas organiza comedores populares en las diferentes parroquias de la ciudad. Cerca de 3.000 comidas se sirven cada día.

Michel Le Gras, el hijo de Luisa, se casa en enero de 1650. Al año siguiente, Luisa está feliz con el nacimiento de su nieta Renée-Luisa, de quien es madrina.

En 1653, el ejército español intenta invadir Francia. La reina pide a las Hermanas que cuiden a los soldados heridos. La vida es dura para estas enfermeras en el campo de batalla. Una de ellas es herida, dos otras mueren víctimas de una epidemia.

Las Hermanas están muy ocupadas cuidando y alimentando a todos los que sufren. Sin embargo, cada día tienen tiempo para rezar a Jesús, para hablarle de aquellos a los que cuidan. También piden a María que las guíe para acoger a quienes las llaman.

Después de unos años, Luisa cae enferma a menudo. En marzo de 1660, comprende que la muerte está cerca. Las Hermanas, su hijo, su nuera y su nietita Renée-Luisa se reúnen con ella.

Luisa les da su último consejo:

El servicio de los más pobres requiere mucho amor.”

El 15 de marzo de 1660, Luisa muere en la paz del Señor a quien no ha dejado de amar durante toda su vida.

Hoy, en el mundo entero, jóvenes escuchan la llamada a servir a Dios en los pobres.

Las Hijas de la Caridad están presentes en los lugares de extrema pobreza en muchos países.